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Carnaval de la escuela de Sahún (2013)
joseluis
/ Domingo, 17 de febrero de 2013

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El pasado Martes de Carnaval, el 12 de febrero, volvimos a celebrar el Carnaval en Sahún y disfrutamos, una vez más, de esa sensación de que la escuela puede romper sus muros e integrarse con el pueblo que la acoge y que la arropa y, a su vez, aportarle y transmitirle su trabajo y sus ilusiones.

Son esos momentos en los que se produce la magia y se palpa que merece la pena trabajar en y por una escuela rural. Momentos en los que la gente del pueblo abre la puerta ilusionada por la algarabía que los envuelve y les conecta con su propia infancia y su pasado; momentos en los que las niñas y niños se sorprenden de que, en las casas del pueblo que no conocen de nada, les dan galletas, huevos, dinero, longanizas,... y hasta naranjas

simplemente por pasar por allí cantando y bailando y pasándoselo bien, descubriendo y viviendo por un instante que todas las personas, aunque no las conozcamos estamos conectadas y es bueno y enriquecedor para todas compartir momentos y alegrías.

No faltaron disfraces variados como en los carnavales de antes: desde el Spiderman de Teo o el Zorro de Dasha, al forzudo de Nadir con su mamá de zíngara, el hippie de Edurne y su familia, Aiçà con su mariposa, Olatz de otoño y Urko de fantasma de «scream», y los estupendos Aleth y Martí de espantapájaros. Incluso teníamos al «increíble hombre bala» tocando la trompeta, el papá de Nadir, una mujer medieval con peluca más bien de Rod Stewart tocando la guitarra, nuestro querido Nacho, un «tubista» no sé sabía muy bien de qué, un fraile que se nos coló por allí, la mamá de Dasha, y un maestro disfrazado de adefesio por llamarlo de alguna manera.

Ni faltó la música acompañando y llenando las calles y las casas de Sahún de alegría gracias a Ramón, Pablo y Nacho.

Ni siquiera el frío del final de la tarde que hizo que tuviéramos que refugiarnos cuanto antes en el cole porque las caras y las manos eran auténticos témpanos de hielo.

Ni la merienda de Carnaval con una parte de lo recogido y con la compañia del resto de las familias que se acercaron al final.

Ni el aprender que el Carnaval era un momento del año que se celebraba antes de la Cuaresma para disfrutar comiendo, disfrazándose, convirtiéndose en otro ser por unos días y así poder transgredir con total impunidad las normas sociales antes de las penurias en las que se iba a entrar por el ciclo de la naturaleza, ya que se iban agotando los recursos de las casas en el final del invierno y todavía no habían llegado los frutos de la primavera y del verano, y por las tradiciones católicas de antes.

Ni tampoco faltó algo de trabajo de lectoescritura aprovechando la palabra Carnaval para hacer acrósticos...

Y, al final, cuando hablamos de volver a celebrarlo el próximo año, lo teníamos claro: ¡Sí!

¡Viva el Carnaval!

[1] Ella lo cuenta así: «Cuanto antes acostumbre uno a los niños a pensar en positivo, mejor... el «bote de la felicidad» (o»frasco de la felicidad") es una iniciativa muy bonita para practicar en familia. La idea es tener en casa un gran bote (o frasco), transparente, en el que cada noche todos los miembros metan una nota con lo bueno que les ha pasado a lo largo del día: que el repartidor de pizza ha sido particularmente amable, un abrazo chulo con un amigo o con tu hijo, un rato en un jardín, un baño con sales… cada uno tiene sus alegrías. Hay que escribir todos esos momentitos que habitualmente dejamos pasar, porque lo normal es que cada noche tu cerebro vaya a recordar lo malo, las decepciones del día, o una mirada desagradable de alguien, y meterlos en el bote.

El tiempo que se tarda en escribirlo permite al cerebro fijarlo. Tenemos memoria a corto plazo, a largo plazo, y lo que pasa es que todas estas cosas pasan tan deprisa… que no se fijan en la memoria. Las malas sí porque el cerebro las recuerda, les da vueltas. Pero las buenas no, por lo que es importante ser conscientes de este fallo de nuestro cerebro. Si entrenas a tus hijos desde pequeños a pensar en positivo, tienen algo muy importante que agradecerte. Es acostumbrarlos, igual que se lavan los dientes, a hacer de este gesto una rutina."



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