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Escuela de Padres y Madres
Actualizado el Jueves 29 de septiembre de 2016.

¿Cuál debe ser la actitud de los padres con los profesores?
Pepe López / Miércoles, 12 de octubre de 2005

A veces se escuchan comentarios de algunos padres cuestionando a determinados profesores. Si alguno de dichos comentarios llega a oídos de los chicos, éstos pueden no tomar en consideración a dichos profesores, dado que han sido desacreditados previamente por sus padres.

Los padres, las madres y el profesorado tienen objetivos comunes: cuidar y educar adecuadamente a los chicos y a las chicas. Por lo tanto, resulta fundamental que trabajen como aliados, aportando cada uno de ellos lo mejor de sí.

A lo largo de la escolarización, los chicos pasan por bastantes profesores y profesoras. Unos son muy exigentes, otros se muestran cariñosos con los alumnos; algunos ponen muchos “deberes”, otros no siguen el libro de texto...

Sea cual sea la situación y aunque no se coincida en algunos aspectos, se precisa tratar a los profesores con respeto y consideración dado que son copartícipes de un mismo proyecto.

Al menos durante un curso, un niño puede estar con un profesor que no guste a los padres. El hecho de que no les guste no significa que no vaya a suponer una ayuda importante para el hijo, pues cada profesor aporta su singularidad y una manera específica de hacer las cosas. Si la actitud de los padres es positiva, estarán contribuyendo a que aflore lo mejor de ese profesor y así sumar esfuerzos; de lo contrario, pueden entrar en dinámicas de pelea que no favorecen a nadie.

Es muy importante que los padres mantengan contacto periódico con el profesor tutor y que no esperen a que se presente algún problema para hablar con él. Conviene acudir a las reuniones que convoque y solicitar las que se consideren necesarias; es muy útil prepararlas y no ir con una actitud de “haber que me cuenta”. Cuando estén con él va bien que les informe de los intereses y de la conducta del hijo en el colegio, pues hay chicos que muestran comportamientos distintos en casa y en el centro escolar; también conviene pedirle orientación sobre el papel de los padres en relación con los estudios o sobre los aspectos educativos que no tengan claros.

A los profesores les gusta conocer a los padres de sus alumnos e intercambiar informaciones con ellos; también les agrada ver que los padres se interesan y saben el trabajo que se hace en clase. Cuando esto ocurre, el profesorado ve reconocida su labor, se muestra más receptivo y se desvanecen las barreras que existen entre los padres y el profesorado.

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¿Qué podemos trabajar juntos los padres y el profesorado?
Pepe López / Jueves, 29 de septiembre de 2005

Los padres, las madres y el profesorado pueden trabajar de manera conjunta bastantes cuestiones educativas. A continuación explico una de las posibles maneras, la cual resulta fácil de llevar a cabo y tiene bastante eficacia.

Se empezará concretando los valores que los padres y los tutores consideren más importantes para los chicos, sin olvidar que si alguno de ellos no se trabaja e incorpora a una edad determinada, después resulta mucho más complicado. Por ejemplo, la autoestima, dado que los chicos tienen ya un autoconcepto bastante completo al finalizar la Primaria.

Considero que la responsabilidad, los límites, la autoestima o el respeto podrían ser algunos de los temas a abordar en una primera fase, dejando para más adelante otros un poco más complejos como la educación emocional.

Los tutores que vayan a participar en esta actuación, aprovecharán la primera reunión general del curso para informar a los padres y a las madres de esta iniciativa. En esta misma reunión se puede elegir el tema con el que se va a comenzar.

Supongamos que se deciden por la responsabilidad. Convendría hacer una charla inicial a los padres en la que se planteará: la necesidad de que los niños asuman responsabilidades para resolver sus necesidades, de los riesgos de la sobreprotección, el papel de los límites...También se hará una relación de las responsabilidades que pueden asumir a esas edades, tanto en casa como en la escuela: higiene personal, recoger su ropa, tareas escolares, etc.

De dicha relación tendrán una copia los padres, cada niño y niña y el tutor. Las tareas allí expresadas se distribuirán a lo largo del tiempo que se estipule, comenzando por una o dos y cada semana se añadirá alguna nueva hasta que el niño haya completado y asumido todas.

El profesor tutor irá incluyendo, dentro de las tareas para hacer en casa (“deberes”), la secuenciación de responsabilidades acordada e irá comprobando el grado de cumplimiento. Procurará que el alumnado no lo viva como una obligación más, sino como algo que necesita incorporar y que supone un beneficio para él.

Los chicos harán su planificación y llevarán su propio control.

Los padres procurarán que sus hijos asuman sus responsabilidades, les animarán y les felicitarán los logros. También acudirán a las reuniones que convoquen los tutores para recibir formación sobre los demás temas y para valorar este trabajo conjunto de educación en valores.

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¿Conviene darles paga a los hijos?
Pepe López / Jueves, 22 de septiembre de 2005

La adecuada utilización del dinero por parte de los chicos y de las chicas requiere de un aprendizaje. Los padres necesitamos tener claros los valores que queremos fomentar en relación con el dinero: ahorro, compartir, saber administrarse, la no dependencia, etc.

Los niños son buenos observadores, por tanto, conviene mantener la coherencia entre lo que les decimos y lo que hacemos. Según la actitud y el uso que los padres hagan del dinero, estarán “invitando” a los hijos a incorporar unos u otros valores.

Una buena manera para que los niños aprendan a utilizar el dinero de manera responsable es asignándoles una paga periódica que ellos administren. Dicha paga se dedicará a sus pequeños gastos y no debe abarcar la ropa ni los materiales o libros del colegio. Procuraremos que no sea escasa para que les posibilite el ahorro y así poder acceder a algo que les haga ilusión: una bici o un regalo para su mamá.

Entiendo que cuando se toma la opción de dar una paga con carácter periódico, ésta debe considerarse como un derecho de los chicos, por lo tanto, no puede supeditarse a si hacen sus trabajos en la casa o a si sacan buenas notas en los exámenes. Esto se regulará de otra forma.

A veces los abuelos o los tíos dan dinero a los niños en los cumpleaños o en otras ocasiones. A este dinero habría que darle una finalidad concreta: ropa, libros de lectura, etc., pues, de lo contrario, lo meten en la hucha y si administran mal su paga pueden recurrir a él, con lo que se rompe el planteamiento educativo que intentamos llevar a cabo.

Se puede comenzar a dar la paga cuando los niños tienen unos siete años, pues ya manejan los conceptos de suma y resta, aunque necesitan incorporar los de caro y barato. La periodicidad hasta los diez años puede ser semanal; después quincenal, hasta llegar a hacerla mensual en la adolescencia.
No hay que darles más dinero del pactado aunque se lo hayan gastado a mitad de la semana, pues uno de los objetivos es que aprendan a administrarlo.

En relación con la cantidad a percibir, se precisa ajustarla a la edad y a la economía familiar. Va bien consensuarla con los hijos, sabiendo que no conviene darles mucho dinero, aunque la situación económica lo permita.

Como se trata de fijar una serie de criterios educativos, les ayudaremos a priorizar sus gastos, distinguiendo entre lo que necesitan, de lo que desean tener ahora, de lo que puede esperar o del dinero para ahorrar.

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¿CÓMO ACTUAR CUANDO EL PADRE Y LA MADRE TIENEN CRITERIOS DISTINTOS?
Pepe López / Jueves, 9 de junio de 2005

Lo normal es que el padre, la madre o los abuelos tengan puntos de vista diferentes a la hora de educar a los niños, pues cada uno de ellos recibió una educación y vivió unas circunstancias determinadas. Sin embargo, esto no es óbice para que todas las personas que intervienen en el proceso educativo intenten consensuar los aspectos fundamentales. Para ello precisan hablar y ponerse de acuerdo en los valores o cualidades que consideran importantes para los niños y en la metodología a utilizar.

En la práctica esto resulta un poco complicado, y no sólo porque se tengan criterios distintos sino, también, por las críticas o comentarios que se vierten delante de los niños. Por ejemplo, la abuela puede decirle a la madre: “Si le dieras una bofetada se le acabarían todas las pamplinas”. O, el comentario del padre ante la insistencia de la madre para que el niño acabe su comida: “Pues déjalo, ¿no ves que no tiene más hambre?”.

Existe una norma básica: no discutir, ni hacer críticas sobre la forma de actuar del padre, de la madre o de los abuelos cuando los niños están delante. Si no lo hacemos así, estamos contribuyendo a desacreditar a quien está con el niño en ese momento; además, invita a que éste intente saltarse los límites, dado que sabe que cuenta con el apoyo de algún familiar.

En los asuntos secundarios no es necesario que la pareja esté de acuerdo en todo y haga lo mismo con los hijos. El hecho de mantener la coherencia en lo fundamental, no entra en contradicción con que cada uno lo haga con su estilo e, incluso, planteen alternativas diferenciadas. Esto puede ser una ayuda para los hijos, pues ven maneras variadas de resolver los problemas.

También va bien que el padre y la madre pacten las tareas relacionadas con los hijos de las que se pueden responsabilizar, tomando en cuenta sus características o habilidades: grado de paciencia, si le gusta leer cuentos a los niños, si le atrae el deporte...

A veces se dan situaciones en las que a los propios padres o, a éstos con los abuelos, no les resulta posible llegar a acuerdos sobre cómo educar a los niños. En esos casos, y para evitar confrontaciones, lo más adecuado es mostrar respeto hacia las otras formas de afrontar algunas conductas. A los niños, para que no entren en comparaciones, se les pueden decir frases como: “Cuando estés con la abuela haces lo que ella te diga y cuando estés conmigo tal y como las entiendo yo”.

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¿CÓMO AYUDAR A LOS HIJOS A TENER AUTONOMÍA?
Pepe López / Martes, 31 de mayo de 2005

Los padres y las madres tendemos a sentirnos responsables de todo lo que tiene que ver con los hijos: de la ropa que se ponen, de sus relaciones, de lo que sienten o de lo que hacen. Con frecuencia no permitimos que los niños tomen sus propias decisiones. Esto les crea dependencias y les imposibilita llevar un desarrollo armónico y ganar autonomía.

Los padres pensamos que si hacen lo que les decimos estarán bien y tendrán un buen futuro. Quizá no nos damos cuenta de que cuanto más nos preocupamos y trabajamos por los hijos, menos espacio les dejamos para que aprendan a valerse por sí mismos y para que brote lo mejor de ellos.

Parece que nos cuesta aceptar que los hijos son personas diferentes a los padres. Es normal que les cuidemos y les protejamos, pero se hace necesario dejar progresivamente el control psicológico que ejercemos sobre ellos. Así se podrán entrenar en elegir y, a la vez, asumir las consecuencias que se deriven de sus elecciones. Si les vamos dando opciones, si les reconocemos el derecho a participar, a decidir en las pequeñas cosas cotidianas que les afectan, todo resultará más fácil cuando sean más mayores. Llegar a la adolescencia sin un buen equipamiento de responsabilidad y de autonomía, puede tener consecuencias negativas.

Hay padres que distribuyen las tareas de casa y asignan a los hijos algunas: hacer la cama, quitar la mesa, etc, pero en otras cuestiones apenas se les da opción: elegir su ropa, distribuir su tiempo libre...

Podemos ver que, sin darnos cuenta, todos los días tomamos muchas decisiones que deberían tomar los hijos porque tienen capacidad para ello. Necesitamos quitarnos el miedo, flexibilizar los planteamientos, aceptando que las “equivocaciones” pueden convertirse en una buena fuente de aprendizaje.

¿Qué problema hay en que los niños elijan la ropa que se ponen, dentro de lo que consideremos razonable? o ¿por qué no pueden comer borraja en vez de judías verdes si les gusta más?

Te planteo un ejercicio sencillo: apunta en un papel todas las cosas que haces cada día por tus hijos. Después mira a ver cuales consideras que pueden hacer ellos, bien solos o con alguna ayuda. Seguramente encontrarás unas cuantas.

Los niños con frecuencia sorprenden a los padres asumiendo más responsabilidades de las que esperaban; basta con confiar en ellos, considerarlos capaces y permitir su participación en los temas que les afectan directamente.

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¿POR QUÉ ESTÁN LOS PADRES Y LAS MADRES ALGO DESORIENTADOS?
Pepe López / Sábado, 14 de mayo de 2005

Hasta hace treinta o cuarenta años la educación de los chicos y de las chicas resultaba relativamente fácil. Había consenso social sobre cómo educar y se tenía la conciencia de que la responsabilidad de la educación correspondía a todo el tejido social.

Durante los últimos años ha habido muchos cambios en la sociedad española. En relación con la educación, uno de los aspectos que más ha variado es que ya no se asume la educación como algo colectivo, sino que se traslada la responsabilidad únicamente a los padres y al profesorado. Pero, incluso, entre estos dos sectores tampoco hay un trabajo conjunto y coordinado y se percibe cierta distancia entre ambos.

A pesar de los cambios, se intenta educar de forma parecida a como se hizo con quienes ahora son padres o madres. Para bastantes de ellos resulta una tarea complicada, dado que valores fundamentales de su modelo chocan frontalmente con otros que se presentan en la televisión o en la calle. Ante esta panorámica, muchos padres viven dificultades al ver que su manera de educar no funciona, no saben qué hacer y andan desorientados; a veces, se inhiben, dejando que sus hijos hagan lo que quieran porque ya no pueden más.

El problema suele presentarse como individual: “La culpa es de los chicos o de los padres que no lo han sabido hacer bien”.Entiendo que no se puede responsabilizar a los padres en exclusiva de la educación de sus hijos sino, también, a las autoridades y a la sociedad en su conjunto.

En esta sociedad los excedentes están dirigidos hacia el consumismo, en vez de dedicarlos, por ejemplo, a facilitar a los padres información y recursos para saber cómo cuidar y orientar a los hijos. Sin embargo, parece que a los responsables políticos no les interesa que la gente sepa, es mejor mantenerla en la ignorancia. Esa es la mejor forma de poderla manipular. Una prueba evidente es la televisión, en la que nos entretienen con espacios-basura y uno se puede llegar a acostumbrar tanto a ellos, que es posible que llegue a demandar más programas en la misma dirección.

Los padres y las madres, si después de haber probado todos los recursos a su alcance, continúan teniendo problemas de cierta entidad con sus hijos, considero que tienen derecho a reclamar apoyo a las Consejerías de Educación para resolverlos. Pero no como una reivindicación individual, sino como un problema general que cada día afecta a más familias.

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¿CÓMO PLANTEAR A LOS HIJOS LA SEPARACIÓN DE SUS PADRES?
Pepe López / Martes, 3 de mayo de 2005

En general, los padres y las madres antes de separarse, se lo piensan mucho. La razón fundamental es que no quieren perjudicar a los hijos con su decisión, aunque también influyen: la presión familiar, el que dirán o qué pensarán y la vivencia de fracaso en un proyecto tan importante.

Cuando los padres dejan de tener una relación afectiva y de respeto, suelen darse muchos episodios de enfrentamientos y de descalificaciones mutuas, las cuales salpican a los hijos que, en ocasiones, pueden llegar a sentirse culpables de la separación de sus padres.Va bien no buscar culpables, ni en los hijos ni en los padres, y poner la energía en ver la mejor manera de resolver los problemas.

Los especialistas dicen que los trastornos psicológicos que se presentan en los hijos suelen ser similares en la fase previa a la separación que cuando ésta se produce. En algunos casos, incluso los chicos pueden vivirla con cierto alivio, pues así se acaban las disputas entre el padre y la madre.

Cuando se plantea la posibilidad de una separación, a los hijos se precisa hablarles con claridad de cómo se encuentra la relación entre sus padres. Explicarles que, aunque durante un tiempo su padre y su madre se quisieron mucho, hoy se ha desvanecido el amor y piensan que viviendo en lugares distintos la situación mejorará para todos. Se necesita insistirles que aunque sus padres se separen no afecta al amor que éstos sienten por ellos.

Resulta útil acortar los procesos de la separación, regulando lo antes posible el régimen de visitas, los aspectos económicos, la custodia... Si es posible de mutuo acuerdo.

El periodo que sigue a la separación, al estar con muchas heridas emocionales, puede existir la tentación de hablar mal del otro miembro de la pareja o de manipular a los hijos para que tomen distancia o se desvinculen de uno de los miembros. Conviene no caer en esas trampas ni en la de sobreproteger a los hijos.

Es muy importante cuidar los aspectos emocionales, tanto en casa como en el colegio. En estas situaciones los hijos suelen tener miedo a ser abandonados, a la soledad, se sienten raros...Necesitan saber que, tanto su padre como su madre y sus profesores, están con ellos y les atienden en sus necesidades afectivas, ayudándoles a recobrarse de las posibles heridas del proceso vivido. A veces pueden requerir la ayuda de algún especialista.

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¿CÓMO PRESENTAR LA MUERTE A LOS NIÑOS?
Pepe López / Viernes, 15 de abril de 2005

Muchos padres y madres tienen dificultades para hablar de la muerte con sus hijos y se les intenta ocultar para que no sufran. Esto, en vez de ayudarles, en muchos casos les perjudica, pues les incapacita para aceptar y vivir la muerte como algo natural.

A los niños necesitamos decirles que un ser querido está grave y que puede morir, en vez de tratar de ocultárselo, pues aunque lo intentemos, ellos captan que algo está pasando. Al no tener la información de lo que ocurre, la confusión y la incertidumbre pueden apoderarse de ellos. Conviene hacerles partícipes del proceso de enfermedad y de muerte; hablarles con naturalidad, con un lenguaje sencillo y asequible a su edad.

Considero que igual que se les enseña a los chicos matemáticas, se precisa educarles en el tema de la muerte.

Hasta los cinco años los niños aceptan la muerte con bastante naturalidad, sienten la pérdida, pero como viven el presente, continúan su vida con normalidad, salvo que perciban mucho drama en su entorno.

A partir de esta edad conviene darles explicaciones y compartir sus sentimientos. Si esto no se hace así, pueden presentárseles situaciones en las que les asalte el miedo o la angustia. Por ejemplo, si ha fallecido una persona de cuarenta años y sus padres tienen una edad parecida, pueden vivir con la angustia el hecho de que sus padres puedan morir pronto.

En la adolescencia se necesita estar cerca de ellos y apoyarles, y no suponer que porque ya son mayores están capacitados para aceptar y superar solos la muerte de un ser cercano.

También estará bien hablar con los hijos sobre qué pasa después de la muerte y esto habrá que contarlo según las creencias familiares.

La tristeza es la emoción que se presenta ante una pérdida irrecuperable y demanda protección o autoprotección. Resulta adecuado vivir esta emoción y no taparla con otras, pues cuando no se vive de manera adecuada, se puede transformar en: depresión, angustia, ansiedad...

La tristeza nos puede ayudar a entender la vida como un proceso de pérdidas permanente. Cada día asistimos a muchas “muertes”, pues cada instante muere y ya no vuelve. De ahí lo importante que resulta vivir el presente.

Si aceptáramos que la muerte puede llegarnos en cualquier momento, viviríamos de forma más intensa y profunda la vida. No dedicaríamos el tiempo a muchas disputas vanales y nos ocuparíamos de vivir de forma plena lo que se nos presenta en cada momento.

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¿QUÉ HACER ANTE EL ACOSO ESCOLAR?
Pepe López / Sábado, 2 de abril de 2005

El acoso escolar o “bullying” es un tipo de agresión física o psicológica que, de manera continuada, ejerce un chico o un grupo sobre otros.

A los acosadores escolares se les suele identificar con ambientes problemáticos y en los que han sido víctimas de malos tratos. Sin embargo, también los hay entre chicos que han estado sobreprotegidos: “niños mimados”. Estos tienen dificultades de adaptación y presentan carencias afectivas. Sienten que no les comprenden y suelen adoptar una postura de no respetar las normas, de tratar que los otros hagan lo que ellos dicen, para lo cual, pueden recurrir a la amenaza e incluso a la violencia.

Los chicos acosados suelen mostrar timidez, inseguridad, complejo de inferioridad, baja autoestima e introversión. También pueden elegir los acosadores a compañeros con alguna característica específica: muy delgados, gordos, con gafas o a los “empollones” de la clase.

En ocasiones los padres tardan tiempo en descubrir que su hijo es víctima del acoso escolar. Necesitan observar si busca excusas para no ir al colegio; si llega a casa con algún tipo de magulladura (aunque diga que se la ha hecho jugando); si tiene frases peyorativas escritas en sus libros; si duerme mal o si se comunica poco.

Si el centro tiene muchos alumnos, el profesorado quizá no conozca todo lo que ocurre, pues los chicos acosadores buscan momentos y lugares en los que no puedan ser vistos para hacer sus fechorías, a veces, fuera del centro; también amenazan a sus víctimas diciéndoles que si se “chivan”, les ocurrirá algo peor.

Resulta fundamental mantener un contacto continuado con el profesor-tutor, para que observe a qué juega, con quién se relaciona..., sobre todo en los recreos y en el tiempo del comedor. Es muy importante que el chico acosado se sienta apoyado y comprendido por sus padres y profesores. Conviene dejar las críticas y los sermones y emprender un trabajo orientado a que aprenda a protegerse y a cuidar de sí. Para ello se precisa aumentar su autoestima y su propia valía personal; crear un clima en el que pueda existir una comunicación fluida y trabajar los aspectos emocionales que le merman y con los que sufre mucho.

Si el caso presenta cierta profundidad y los padres ven que no pueden abordar el tema solos, conviene buscar la ayuda de un especialista. Hay cuestiones que si no se tratan en su momento, pueden dejar secuelas durante toda la vida.

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¿PERMITIMOS QUE SE RESPONSABILICEN LOS HIJOS?
Pepe López / Lunes, 14 de marzo de 2005

Se escuchan quejas de los padres y de las madres sobre los hijos, a los que no ven suficientemente responsables: no hacen la cama, no ordenan su habitación...Sin embargo, a pesar de las quejas, en algunos casos, no se ponen las medidas necesarias para corregir dichas conductas.

Algunos padres y madres dan sentido a su vida, casi exclusivamente, a través de los hijos. Cuando esto se da así, corren el riesgo de querer seguir manteniendo determinados cuidados, aunque los hijos no los necesiten. Quizá sea la forma, probablemente no consciente, de sentirse útiles y, en algunos casos, imprescindibles.

En la medida en que existe sobreprotección, se está imposibilitando que ellos hagan su proceso Esta manera de actuar lleva a la incapacitación y a crear dependencias en ambas direcciones. Con mensajes como: “¿Qué sería de ti si yo no estuviera?”, les devaluamos y les trasmitimos que no los consideramos capaces.

La responsabilidad es una cualidad que, igual que las demás, precisa educarse. Para ello, resulta útil aprender a pactar y a sustituir la crítica continuada: “Otra vez no has hecho...” “Para hacerlo así es mejor que no lo hagas”, por expresiones positivas dirigidas a reconocer los pequeños avances de cada día: “Te felicito porque he visto que has limpiado el polvo”, “Te veo cada día más responsable”. Si la expectativa es la de que los hijos van a colaborar en los trabajos de la casa, se adaptan a lo que esperamos de ellos.

En ocasiones los chicos tienen disposición a hacer las tareas, pero les pedimos que las hagan de la misma forma y en el mismo tiempo que los padres. Esto puede convertirse en una fuente de conflictos. Está bien mostrarse flexibles. Es mejor que los hijos frieguen la vajilla después de ver la película, a que acaben fregando los padres, aunque estos hubieran preferido que lo hicieran al terminar de comer.

También es preciso facilitar que los chicos aporten su singularidad, su propia manera de hacer y de ver las cosas. A veces ellos tienen una forma distinta de organizarse y de realizar las tareas, que está bien respetar.

La autonomía es uno de los valores más importantes para un ser humano. Es necesario ayudarles y orientarles para que aprendan a manejarse y a resolver los asuntos cotidianos, en definitiva, a valerse por sí mismos. Por supuesto, sin hacer distinción entre los chicos y las chicas en las tareas de la casa.

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¿POR QUÉ SE ROMPE LA COMUNICACIÓN CON LOS HIJOS?
Pepe López / Martes, 1ro de marzo de 2005

A los padres y a las madres nos gusta tener con los hijos una comunicación fluida. Cuando esto no se da así, pensamos que algo les sucede y que, además, no tienen confianza para decírnoslo, con lo cual nuestro sufrimiento aumenta.

Considero que en determinados momentos los hijos pueden optar por no comunicarse con los padres y que dicha postura merece ser respetada. Sin embargo, cuando la comunicación se deteriora y las relaciones se convierten en superficiales o hay peleas, conviene analizar qué ha llevado a esa situación.

Los padres, con el afán de ayudar a los hijos y sin darnos cuenta, criticamos o censuramos aspectos de lo que ellos nos transmiten. Enseguida nos convertimos en jueces y les decimos lo que está bien o mal.

También suele contribuir a dificultar o romper la comunicación cuando ésta la convertimos en un interrogatorio: ¿Dónde has estado?, ¿Con quién?, ¿Qué has hecho?. Esto molesta especialmente a los adolescentes que ven en los padres a unos fiscalizadores, más que a unos cuidadores.

No podemos olvidar que comunicar quiere decir poner en común, lo cual supone que los padres también pueden comentar con sus hijos asuntos de su vida actual y de cuando ellos tenían una edad parecida. A los hijos les gusta escuchar de sus padres cuestiones de su infancia y adolescencia: pequeñas trastadas, los miedos, la primera vez que se enamoraron...Esto ayuda a tener ciertas complicidades y sirve para que los hijos comprueben que lo que piensan, sienten o hacen entra dentro de lo “normal”. Si los padres recuerdan su adolescencia entenderán mucho mejor a los hijos y aumentará la tolerancia y la comprensión, sobre todo en aquellos que ahora se muestran muy exigentes con los hijos, pero en privado dicen: “Yo a su edad era muchísimo peor que él”.

Cuando los hijos nos dicen algo, resulta fundamental escucharles con respeto y con atención. Necesitamos esperar a que acaben su relato y si queremos dar la opinión, pedirles si podemos hacerlo. Si algo nos parece desproporcionado elegiremos el momento adecuado para decírselo.

En los momentos en que los hijos o los padres estén alterados, lo óptimo es permanecer callados, pues si se habla, las cosas se pondrán peor.

Solemos decir lo que pensamos, pero pocas veces lo que sentimos. Para que haya una buena comunicación precisamos hablar desde el sentimiento y menos desde la razón, prestando atención, tanto al lenguaje verbal como al no verbal.

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DESARROLLO SEXUAL EN LA INFANCIA
Carolina Terrén Martín / Viernes, 25 de febrero de 2005

Casi sin darnos cuenta, los niños se van haciendo mayores, van creciendo ante nuestros ojos. La mayoría de los padres saben por las etapas que pasa el crecimiento de los niños, y si no lo saben lo preguntan al pediatra o a otros padres. Es normal que los padres sepan a que edad se espera que su hijo empiece a hablar, a andar o a que edad le deben salir los dientes.

No pasa lo mismo con el desarrollo sexual de nuestros hijos. La sexualidad de los niños también va pasando por una serie de fases, pero por vergüenza, por tabú, por la educación que nos han dado, o por los motivos que sea, no suele ser un tema de conversación, o no se suele preguntar con tanta asiduidad a los diferentes profesionales que pueden conocer el tema.

En alguna ocasión los padres han descubierto algún comportamiento en sus hijos que les ha preocupado. El objeto de este artículo es describir brevemente el desarrollo sexual de los niños en la primera infancia con el fin de que los padres sepan lo que pueden encontrarse en sus hijos, y comprendan lo que constituye el desarrollo normal de los niños.

A partir de los dos años, los niños adquieren una serie de capacidades cognitivas (de pensamiento) que les permiten ir entendiendo mejor el mundo que les rodea. En ese momento quieren saberlo todo, su curiosidad no tiene límites, todo lo quieren saber, todo lo quieren preguntar. El desarrollo de su cuerpo y las relaciones de pareja son también, como cualquier otro tema, objeto de su curiosidad.

Los primeras conductas que podemos relacionar con el desarrollo sexual de los niños surgen en torno a los dos años, en esta época es habitual que tanto los niños como las niñas se muestren muy encariñados con alguno de sus progenitores. Puede parecer que el niño está enamorado de su madre y la niña de su padre. Es lo que se conocía antes como “complejo de Edipo” o “complejo de Electra” respectivamente. Se muestra en conductas tales como fantasear en casarse con alguno de los progenitores “cuando sea mayor me casaré con papa” en presumir delante de ellos, en querer meterse en la cama con ellos, o conductas similares.

Lo que está pasando no es otra cosa que el niño está empezando a comprender las relaciones. En esta época el niño se da cuenta de que entre papa y mama existe algo, que son algo... en un principio el niño no encuentra su posición en el triángulo padres hijo, y puede sentir celos de uno de sus progenitores.

Los padres deben comprender que esta actitud de los niños es normal, desaparecerá con el tiempo de forma natural. Es importante que los padres hagan ver al niño que el no sobra en el triángulo, que ellos son pareja y se quieren y que él es el hijo y que igualmente le quieren.

En esa misma época, alrededor de los dos años, los niños muestran una gran curiosidad por su propio cuerpo. Les gusta mirarse y compararse con el cuerpo de los demás. El primer paso para conocerse a si mismos y desarrollar un autoconcepto (imagen que cada uno tenemos de nosotros mismos) y una autoestima (valoración que tenemos de nosotros mismos) adecuados, es conocerse. Por esta razón los niños se exploran y se “tocan”. Llega un momento en que descubren que tocar ciertos puntos de su cuerpo les produce placer, y como les gusta, es normal que repitan.
Por este motivo es habitual que los niños entre los dos y tres años se toquen. Los padres deben comprender que es normal en el desarrollo de un niño, y en ningún caso deben castigarle o prohibirle que lo hagan. Si la conducta persiste o se hace muy repetitiva, se puede hablar con el niño y decirle que está bien que se toque, que no hay nada malo, pero que es mejor que lo haga donde nadie le ve, por que hay cosas que se hacen en privado, por ejemplo cambiarse de ropa. De esta forma cuando el niño se toca se le puede decir que lo vaya a hacer a su habitación.

Cuando el niño es un poco más mayor, entre tres y cinco años, descubre que su cuerpo es diferente al de los demás. Siente una gran curiosidad por explorar el cuerpo del sexo opuesto, ya que se da cuenta de que no es igual que el suyo. Es habitual en este momento que los niños jueguen a desnudarse, o a tocarse. Estas conductas están motivadas por el deseo de comprender, de saber, por su curiosidad ante el mundo. No hay que olvidar que los niños no tienen los tabúes que con el tiempo la sociedad les irá imponiendo, es por ello que ven la cosa más natural del mundo que si quieren ver como es el cuerpo de una niña le pidan que se lo enseñe y lo miren juntos.

Ante estas conductas no se debe castigar a los niños, es una conducta normal. Los niños tienen curiosidad y los padres debemos responder a sus preguntas y crear un clima cálido que permita la comunicación, que facilite que el niño pueda preguntar aquello que quiere saber, y que encuentre respuestas en los padres.

Estas conductas, se mezclan además con la fascinación que el mundo de los adultos produce en los niños. A los niños les encanta imitar a los mayores, juegan a ser maestros a imitar el trabajo que ven hacer a sus padres, les gusta imitarlo todo, ya que es la imitación, la forma que tienen de hacer suyo el mundo de los mayores. Mientras juegan exploran, asimilan y comprenden el mundo de los adultos. Imitan todo tipo de conductas, los oficios, imitan lo que ven, imitan a papa cocinando, a mama conduciendo. Los niños ven que hay adultos que son novios, que se besan, eso les llama la atención y lo imitan, como cualquier otra conducta que ven. En ocasiones van más allá y cuando juegan a descubrir sus cuerpos juegan a ponerse encima uno de otro. Probablemente los han visto en algún sitio y juegan a imitarlo, por lo que no hay que darle más importancia. Es una parte más del desarrollo normal de los niños.

En resumen, entre los dos y los cinco o seis años, se dan en los niños una serie de conductas, que son muy normales y aparecen como una parte mas del desarrollo social, sexual y afectivo de los niños.

Los padres deben ver en este comportamiento una conducta normal, jamás castigarles o reñirles por que exploren e intenten comprender el mundo.

Lo más importante es entender que nuestro hijos están aprendiendo y comprendiendo el mundo que les rodea. Tienen muchas preguntas y muchas inquietudes. Los padres deben estar allí para responder a todas su dudas, y los hijos deben sentirse cómodos preguntando a sus padres, y deben responder a sus dudas.

A los seis o siete años estas conductas desaparecen, parece que a los niños no les interesa la sexualidad ni las relaciones personales. En los albores de la adolescencia vuelven a presentarse las dudas, las preguntas. Vuelven a necesitar saber y comprender muchas cosas que están pasando en sus cuerpos. Es importante que en ese momento los adolescentes se sientan cómodos preguntando a sus padres aquellas dudas que tienen.
Es mejor que pregunten en casa o en el colegio, donde se les va a dar buena información, a que se enteren en la calle. Los adolescentes tienen curiosidad y van a preguntar y enterarse en un sitio u otro.

Si durante la infancia hemos creado en casa un clima de comunicación fluida, en que los niños se han sentido escuchados, se ha respondido a sus dudas es más fácil que en estos momentos pregunten a sus padres.
Si queremos que nuestros hijos nos pregunten en la adolescencia hay que empezar a contestarles en la primera infancia. Y hay que contestarles la verdad, hay que darles la información que necesitan, no vale decir eso ya lo sabrás cuando seas mayor. Hay que responder cuando surge la pregunta, por que es en ese momento cuando el niño tiene necesidad de saber.

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¿EDUCAMOS ADECUADAMENTE PARA LA SEXUALIDAD?
Pepe López / Lunes, 7 de febrero de 2005

Según diferentes estudios, la participación de los padres y de las madres en la educación sexual de los hijos es todavía baja, aunque se ha avanzado bastante durante los últimos años. Muchos de los conocimientos que tienen los chicos y chicas suelen venir de películas, de los amigos, de revistas o de la publicidad. Esto supone que aspectos importantes los incorporen de manera distorsionada y, junto a la vivencia de algunos chicos de saber más de lo que realmente conocen, les lleva a cometer errores.

Hay padres a los que no se les educó convenientemente para la sexualidad y tienen dificultades para conversar con los hijos sobre el tema y darles las orientaciones oportunas. Cuando esto ocurre, lo acertado es aceptar y explicarles el problema que uno tiene. Va bien saber que para los hijos es mejor escuchar una contestación desde el corazón, que ver como los padres eluden la respuesta. Si no se les da la información, la buscarán por otro lado y se cerrará la puerta a la comunicación sobre estos asuntos. Si hay alguna pregunta a la que no se sabe responder, está bien decirle que no la conoce, pero que se va a informar.

En la educación sexual es importante saber que los gestos, desviar la respuesta o decirle expresiones como: “Eso ya lo aprenderás cuando seas mayor”, supone crear incertidumbre, dudas, e incluso, según la actitud de los padres, puede brotar la culpa en los niños por haberse interesado por aspectos relacionados con el sexo.

Para hablar de la sexualidad con naturalidad con los hijos y facilitarles la información, se requiere eliminar prejuicios, tabúes y los propios miedos.

Es preciso contestar a las preguntas de los niños, sin ir más allá de lo que su curiosidad o sus necesidades demanden. No hay que utilizar palabras técnicas, sino un lenguaje claro y sencillo. Se deben plantear todos los temas: conocimiento y aceptación del propio cuerpo, características sexuales masculinas y femeninas, cambios físicos y psicológicos que se van presentando, métodos anticonceptivos... En ocasiones los libros pueden ayudar, más nunca sustituirán a los padres.

La educación sexual conviene abordarla desde una óptica de naturalidad, positiva, de igualdad de derechos entre mujeres y hombres y de respeto hacia las diferentes opciones sexuales.

Una buena educación sexual ayuda a los chicos a tener más seguridad interna y mayor responsabilidad.

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¿VA BIEN “DAR UNA BOFETADA A TIEMPO” A LOS HIJOS?
Pepe López / Jueves, 20 de enero de 2005

Resulta paradógico que sea en la familia, cuna del amor por excelencia, donde se producen más situaciones de falta de respeto, enfados, gritos o peleas entre la pareja, con los hijos o entre los hermanos.

Por eso, no es sorprendente que en una encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas que se publicó hace un tiempo, la mitad de las madres y padres españoles se mostraba a favor de dar una bofetada para corregir determinadas conductas de los hijos. Claro, que si uno se quiere consolar, en Estados Unidos el porcentaje subía hasta el ochenta por ciento.

Probablemente los padres que consideran útil “dar una bofetada a tiempo”, fueron víctimas de dichas bofetadas cuando eran pequeños. Esto lo incorporaron en su programa y ahora les sale de manera automática en situaciones en las que los hijos no obedecen.

Si observamos cuando un padre o una madre da un cachete o una bofetada, suele ser en momentos en los que ha perdido la paciencia, y la forma que tienen de descargar su enfado es dándole un golpe o zarandeando al hijo. Luego se justifica diciendo que el hijo en cuestión hizo tal o cual cosa y que así aprenderá. Lo cierto es que cuando eso ocurre, los progenitores no se plantean que pueda ser de utilidad para su hijo, simplemente sacan su rabia. De hecho, suele ocurrir que después de pegar a un hijo la mayor parte de los padres se sienten culpables, porque saben que no es la mejor forma de que los niños aprendan respeto, paciencia o tolerancia. Sacar la rabia está bien, pero no contra las personas ni objetos de valor.

Existe un sector de padres y madres que levantan la voz o la mano para establecer un límite. Esto se observa cuando dicen: “Hasta que no me enfado, no hace caso”. En esta situación los hijos han aprendido que hay un proceso hasta el límite “de verdad”. Desde que la madre dice: “Por favor, deja de ver la televisión”, hasta que la madre la apaga y, de manera violenta, lleva al hijo a su habitación, hay un gasto de tiempo y de energía innecesarios, además de una falta de consideración mutua.

Los chicos necesitan unos límites claros y la responsabilidad de ponerlos en casa es de los padres. Cuando el límite no está bien definido, ellos prueban hasta que encuentran uno sólido. Para establecer los límites hace falta serenidad, respeto y firmeza. La firmeza requiere mantener el criterio sin alterarse, sin violencia verbal ni física.

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¿POR QUÉ SOBREPROTEGEMOS A LOS HIJOS?
Pepe López / Miércoles, 12 de enero de 2005

La sobreprotección es un fenómeno relativamente nuevo. Su aparición coincide con el aumento de los recursos económicos y con la disminución de la natalidad; también influye el hecho de que, por razones laborales, divorcios..., se les pueda dedicar poco tiempo a los hijos.

Todas estas situaciones invitan a que padres, madres, abuelos... consientan en exceso a los niños, les sobreprotejan y no establezcan los límites oportunos.

La imagen que define la sobreprotección es la de alguien que tiene una planta, a la que aprecia mucho; le echa más agua de la necesaria y acaba estropeándola.

Una de las razones de la sobreprotección está relacionada con querer que los hijos no sufran. Lógicamente es un objetivo a alcanzar por todos los padres, sin embargo, este punto requiere una revisión.

No solemos soportar que los niños y las niñas se enfaden, lloren o pataleen, dado porque pensamos que lo están pasando mal. Estas conductas precisamos tomarlas como formas de descarga emocional. Ellos sienten rabia cuando les negamos algo a lo que consideran que tienen derecho y lo más adecuado es permitir que la saquen. Cuando los niños descubren que no soportamos sus rabietas y llantos, los utilizan para conseguir lo que quieren y saltarse los límites establecidos.

Otra de las conductas que hacemos para que los hijos “estén bien” es intentar taparles algunas emociones: miedo, tristeza, etc. Aunque puntualmente consigamos que el niño se olvide de lo que siente, no por ello desaparece su sufrimiento.

La otra razón fundamental de la sobreprotección tiene que ver con “querer que los hijos nos quieran”. Para conseguirlo, a veces, actuamos de forma errada: Les compramos demasiadas cosas que no necesitan; tenemos dificultades para decirles: “No”; nos tomamos personalmente expresiones que vienen desde el enfado del hijo: “Eres una mala madre”, “Ya no te quiero...”; también a algunos padres y madres, que están poco tiempo con los hijos, les puede asaltar el sentimiento de culpa y que haya un excesivo consentimiento, bajo el argumento: “En el poco rato que estoy con él, no quiero problemas”.

Los padres y las madres tenemos la responsabilidad de proteger y orientar a los hijos; les damos nuestro amor, pero no podemos “comprar” el suyo. Si alguien vive la necesidad de que sus hijos le quieran, corre el riesgo de que estos le manipulen y de no hacer una buena gestión educativa.

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