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Escuela de Padres y Madres
Actualizado el Jueves 29 de septiembre de 2016.

¿CÓMO EDUCAR PARA EL TIEMPO LIBRE?
Pepe López / Jueves, 28 de septiembre de 2006

La educación para el tiempo libre consiste en permitir y orientar a los chicos y a las chicas para la realización, de manera voluntaria, de una serie de actividades con las que disfrutan, aprenden, abren nuevos campos, se relacionan, crean o descubren capacidades que tenían dormidas.

En nuestra sociedad se dedica mucha energía a alentar el ocio consumista. Resulta muy difícil salir a dar un paseo o pasar la tarde de un domingo con los hijos sin gastar dinero, pues hay una invitación continua a ello.

Estamos en la civilización del ocio e igual que uno se prepara para el ejercicio de cualquier profesión, también se necesita educar a los hijos para utilizar de forma beneficiosa su tiempo libre.

La jornada escolar suele completarse con las “actividades extraescolares”. Éstas pueden ser útiles si no se abusa de ellas, si sirven para desarrollar algún aspecto personal y si no se convierten en una asignatura más; además, deben tener un carácter lúdico y ser elegidas por ellos. Si se fuerza o se manipula a un niño para que realice una actividad que no le atrae mucho, es bastante probable que el interés por ella disminuya en poco tiempo o acabe odiando dicha actividad.

La misión de los padres estará dirigida a mostrarles distintas posibilidades: deportivas, artísticas, para conocer la naturaleza..., teniendo en cuenta las necesidades e intereses de sus hijos. Conviene tener claro, a la hora de elegir actividades, que los padres no pueden trasladar a los hijos sus propias frustraciones y pretender que hagan aquello que a ellos les hubiera gustado hacer. También va bien romper con planteamientos sexistas: ballet para las niñas y fútbol para los niños.

Al hablar del tiempo libre es preciso recordar la importancia de reservar un tiempo, exclusivo y diario, para que los hijos se relacionen y hagan cosas con sus padres y, así, cuidar el campo emocional. Y, por supuesto, los chicos necesitan también momentos para hacer otras actividades que les interesen: juegos, lectura, coleccionismo, etc.

Si a los niños no se les presentan alternativas para aprender a ocupar su tiempo libre, es probable que cuando lo tengan, se aburran y acaben refugiándose en la televisión o en el ordenador y los fines de semana se aficionen a comer hamburguesas y patatas fritas. La imaginación, la creatividad o el criterio propio habrán sucumbido a favor de unas tardes rutinarias, consumistas y preestablecidas.

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¿CÓMO AFRONTAR LOS PRIMEROS DÍAS DEL CURSO ESCOLAR?
Pepe López / Martes, 5 de septiembre de 2006

La mayoría de los chicos y de las chicas suelen volver contentos al colegio después de las vacaciones, pero a algunos se les suele activar el miedo o la incertidumbre. En este grupo están: los que pueden ser víctimas de acoso, los que tienen problemas con los estudios, quienes no se sienten aceptados por sus compañeros o aquellos que cambian de colegio. También los chicos que comienzan Secundaria, pues, además de empezar en un centro nuevo, entran en la adolescencia y esta etapa requiere un tratamiento especial.

En todos los casos resulta fundamental el papel que jueguen los padres y el profesorado. La empatía, el diálogo y valorarles positivamente serán apoyos importantes para que se integren bien en el centro escolar.

Especial atención merecen los niños de tres años que acuden por vez primera al colegio. El cambio para muchos de ellos es drástico, pues pasan de una situación en la que están muy cuidados, y en algunos casos sobreprotegidos, a otra en la que necesitan adaptarse a unas normas y a vivir con otros compañeros.
El proceso de adaptación debe comenzar varios días antes de que empiecen las clases. Por tanto, el niño llevará los mismos horarios de levantarse, de comidas y de descanso que tendrá cuando vaya al colegio. Al mismo tiempo se le enseñará a ser autónomo y responsable de sus cosas.

Los padres y las madres suelen pasarlo un poco mal durante los primeros días de colegio de sus hijos. Les cuesta aceptar esta “separación”, dado que les ven demasiado frágiles para enfrentarse a esta nueva etapa de su vida.
Necesitan aceptar que cualquier cambio conlleva unas formas de resistencia al mismo y, algunos niños, suelen manifestarla mediante lloros, pataletas...

Ante esta situación, un poco complicada para todos, los padres mostrarán a sus hijos: comprensión, afectividad y cercanía, junto a una actitud segura y tranquila. Los niños captan con mucha facilidad el estado emocional de los padres, por tanto, si los perciben apenados, pueden responder poniéndose a llorar o a queriéndose ir con ellos.

Resulta muy importante que los padres respeten el periodo y la forma de adaptación establecida por cada centro, sabiendo que la puntualidad a la hora de ir a recogerlos es esencial para que no tengan sensación de abandono. Además, se interesarán y hablarán de forma positiva a sus hijos de lo relacionado con la escuela y mantendrán un contacto permanente con el profesorado.

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¿QUÉ HACER CON LOS HIJOS EN VACACIONES?
Pepe López / Jueves, 1ro de junio de 2006

Los chicos y las chicas, igual que las personas adultas, necesitan las vacaciones para desconectar de sus tareas habituales y vivir experiencias diferentes. Sin embargo, cuando llegan las vacaciones del verano, a muchos padres y madres se les presenta el problema de qué hacer con los hijos mientras ellos trabajan.

Existen distintas posibilidades y cada familia buscará aquellas que les parezcan más adecuadas, teniendo en cuenta su situación y las necesidades e intereses de sus hijos e hijas.

Conviene que los chicos tengan actividades programadas, sin que éstas les ocupen todo el tiempo. Si no saben qué hacer o no tienen nuevos estímulos corren el riesgo de estar muchas horas frente al televisor o con los videojuegos y podrá anidar en ellos la pasividad o la vagancia.

Para muchos les resultará interesante y útil estar unos días alejados de la familia. Pueden asistir a colonias, granjas escuela, campamentos o salir a otro país para aprender un idioma.

Estar fuera de casa les ayudará a conocer otros lugares, costumbres...; además, aprenderán a compartir y ganarán en autonomía y responsabilidad, dado que se ocuparán de tareas que en bastantes casos no hacen: fregar los platos, hacer la cama, etc. Este puede ser el punto de partida para que las asuman en casa cuando vuelvan.

Para todos aquellos niños que tienen la suerte de tener abuelos, será beneficioso para ambos pasar un tiempo juntos. No obstante, no conviene abusar de los abuelos canguros, ya que suelen ser personas mayores, quizá con problemas de salud y no cuentan con la energía suficiente para estar las veinticuatro horas del día con los nietos.

Otras posibilidades son las de asistir a colonias urbanas, ludotecas o practicar algún deporte. Estas opciones permiten, en algunos casos, compatibilizarlas con el horario laboral de los padres.

Cuando esté toda la familia de vacaciones elegirán el sitio más adecuado para todos, procurando que no haya mucha gente. Aunque se esté de vacaciones se hará una planificación que les permita estar juntos, por tanto, se fijarán los horarios de las comidas, de levantarse y acostarse, junto a las tareas de cada uno en la casa.

Estará bien que los chicos no se desvinculen del todo de las tareas “escolares”. La lectura debería ocupar un lugar importante, así como descubrir aspectos de la naturaleza o escribir un diario; a algunos les irá bien repasar aquellas parcelas de sus estudios en las que vayan peor.

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¿QUÉ HACER PARA QUE LOS NIÑOS RECOJAN SUS COSAS?
Pepe López / Viernes, 5 de mayo de 2006

Bastantes padres y madres comentan que tienen varias “batallas” cada día para que sus hijos recojan y ordenen sus cosas. Recurren a la amenaza, al castigo o a los “sermones”, pero no obtienen los resultados esperados. Expresiones como: ¡Si no recoges tus juguetes irán a la basura! o ¡Estoy harta de recoger lo que vas dejando!, forman parte del lenguaje habitual en las relaciones con sus hijos.

Cuando los hijos hacen las tareas por la fuerza pueden vivir impotencia y retan a los padres para probar hasta dónde están dispuestos a llegar. Éstos empiezan pidiéndoles que recojan, pero como no hacen caso, los padres se cansan de repetir lo mismo y acaban enfadándose, con lo cual llegan las amenazas o los castigos. Otras veces, tras la bronca, acaba recogiendo las cosas el padre o la madre.

Todo esto tiene como consecuencia que el niño seguirá haciendo esa conducta, pues está recibiendo la atención de los padres, aunque ésta sea de signo negativo.

Se hacen precisas unas normas y que los chicos interioricen unos límites, sin que haya que estar dándoles órdenes continuamente o amenazándoles. Para ello se requiere hacer un planteamiento educativo en el que se les dé opción a que participen y se responsabilicen de su ropa, sus juguetes o de los materiales del colegio.

En primer lugar, los padres tienen que ayudar a ver a los hijos la necesidad de un orden en la casa.

Ante algo que esté desordenado es importante presentarles el problema sin estar alterados: “Hijo, veo que tu habitación está desordenada. ¿Cómo la ves tú?

Si contesta que está bien así, se le aportarán más datos para que entienda las ventajas de tener ordenada su habitación, dado que si no ve el problema no puede colaborar en su solución.

Cuando ya asuma la existencia del problema se aceptarán sus sugerencias y se pactará cómo y cuándo hará las tareas que le correspondan. Si se ve que al principio le cuesta mucho recoger, irá bien una ayuda de los padres.

Los hijos tienen que saber que su colaboración es importante. Conviene hablarles con el corazón, sintiéndoles capaces de resolver los problemas y valorándoles los avances, por consiguiente, hay que desechar las críticas o las comparaciones entre hermanos.

Por último, insistir en la utilización de un tono de voz adecuado e intentar dejar los enfados y las peleas pues, de lo contrario, la energía se pone en las peleas y no en conseguir que los chicos asuman sus responsabilidades.

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¿CÓMO APRENDER A DEJAR EL SENTIMIENTO DE CULPA?
Pepe López / Jueves, 20 de abril de 2006

En la educación y en las relaciones se suele utilizar la culpa para que unos hagan lo que otros pretenden. Si un padre le dice a su hijo: “¿No te da vergüenza lo que acabas de hacer?”, le está “invitando” a sentirse culpable y a que haga lo que él entiende como mejor.

A los padres y a las madres también puede invadirles la culpa. Por ejemplo, si los hijos no estudian o tienen comportamientos inadecuados. Ante esas conductas, quizá piensen que podrían haber actuado de otra manera cuando eran pequeños y se sienten culpables por no haberlo hecho.

La culpa aparece cuando se produce un choque entre el modelo ideal de conducta interiorizado y lo que se hace en realidad. Cuando alguien está atrapado en la culpa, no se gusta, se descalifica, se tortura y se siente incapaz de tomar las riendas de su vida.

En la vivencia de culpa a los niños (y a los mayores también), se les presenta el miedo a que las personas cercanas no les quieran, pues no se consideran merecedores de su amor. Como para ellos sentirse queridos es fundamental, tenderán a hacer lo que sus padres, amigos, etc. les digan para, así, contar con su cariño, aunque el pago sea ceder o anular una parte de sí mismos.

Para abandonar el sentimiento de culpa es necesario dejar la mentalidad dual (las cosas están bien o mal, son blancas o negras). Para ello se aceptará que las cosas están como están y que cada persona da la mejor respuesta que puede a cada situación. No estar acertado ante un problema no implica que haya que sentirse culpable por ello, pues ese “error” se convierte en una ayuda para aprender.

Conviene renunciar al perfeccionismo pues, al darse un nivel de exigencia muy alto para uno y para los cercanos, se repara más en lo que falta por hacer que en lo realizado y se tenderá a culpabilizar a los demás o a uno mismo de ello. Se asumirá que el compromiso de cada persona es intentar hacer las tareas lo mejor que se pueda, pero no perfectas, dado que la perfección no es posible.

Se precisa que cada uno asuma la responsabilidad de gestionar sus emociones y educar a los hijos en esa dirección. Si se hace así, se empiezan a dejar las dependencias emocionales y sufrimientos como la culpa. Entonces ya no se busca tanto el apoyo y el cariño de los demás, porque uno se valora y se quiere a sí mismo; ya no se necesita la aprobación de los otros, ni le afectan sus comentarios, porque se tiene seguridad y coherencia interna.

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¿CÓMO COMBATIR EL ESTRÉS DE LOS PADRES Y DE LOS HIJOS?
Pepe López / Viernes, 31 de marzo de 2006

El estrés se ha convertido en habitual en nuestra sociedad. Las razones de ello se suelen achacar a las exigencias laborales, económicas o familiares, y en general, a cualquier situación con la que una persona rompe su armonía emocional y física.

Para estresarse no es necesario vivir situaciones extraordinarias, dado que podemos ver a personas “agobiadas” con asuntos simples, o pensando en lo mucho que tienen que hacer, aunque hagan poco por resolverlo.

Los padres y las madres pueden ser más susceptibles al estrés al tener dificultades para compatibilizar el trabajo, fuera y dentro de casa, con las atenciones que requieren los hijos.

Sin embargo, el estrés no es patrimonio de los adultos, ya que hay bastantes niños y jóvenes que son víctimas del mismo.

Si los padres están estresados resulta bastante probable que los hijos tiendan a contagiarse de dicho estado. A esto hemos de añadir que muchos padres, con la idea de que los hijos estén mejor preparados, les exigen mucho, obligándoles a hacer distintas actividades, además de las escolares.

También se deben tomar en consideración circunstancias que viven los niños y que a los padres pueden pasarles desapercibidas o, sencillamente, no les dan importancia. Por ejemplo, las relaciones con los compañeros, la propia situación familiar (desavenencias, separaciones...), o informaciones que les resulta difícil de encajar.

Para ayudar a eliminar o rebajar el nivel de estrés conviene tomar en cuenta algunas consideraciones:

- Hay que distinguir entre los problemas y cómo se viven éstos internamente. Se necesita aceptar que las personas tenemos limitaciones, ya que podemos hacer unas cosas y otras no. Se precisa trabajar el campo emocional para aprender a no conflictuarse con los problemas.

- Va bien entrenarse en ver lo positivo de cada persona, de cada situación y de uno mismo para, así, ganar en autoestima y poder afrontar mejor los problemas.

- Los niños demandan una atención especial, dado que cuentan con menos experiencia y recursos personales para dar respuestas adecuadas a lo que se les presenta. Necesitan un seguimiento cercano, junto a la protección y orientación de los padres para sus nuevas vivencias.

- Además, se requiere disponer de un tiempo para estar con los hijos, permitirles expresar lo que sienten sin censura y facilitarles actividades para “descargarse”, sin olvidarse de incorporar recursos como la relajación o el humor.

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¿EN QUÉ DIRECCIÓN VA LA EDUCACIÓN?
Pepe López / Viernes, 3 de marzo de 2006

Bastantes padres, madres y profesores viven a diario un gran desgaste psicológico al comprobar que muchos chicos no hacen caso, no respetan, se han vuelto muy exigentes o no se responsabilizan de sus cosas. Al no tener incorporados unos límites básicos, podemos observar cómo aumentan los comportamientos “gangsterianos” de los chicos en los hogares y en los centros educativos.

Esta situación no ha venido de la nada, sino que estamos recogiendo los frutos de la gestión que ha hecho con ellos la sociedad en su conjunto. No podemos olvidar que los chicos y las chicas son el resultado, en gran medida, de todas las influencias que reciben.

Tradicionalmente han sido la escuela y la casa los pilares de la educación, pero, ahora éstos han perdido mucha influencia.

Cuando las cosas no van bien, se tiende a buscar “culpables” y en este caso, lo más sencillo, es encontrarlos en las personas que tratan directamente con los chicos, o sea, en los padres, las madres y el profesorado. Éstos intentan que los chicos adquieran una serie de valores, aprendan lo necesario para desenvolverse en este mundo con ciertas garantías de éxito y se sientan bien. Claro que su trabajo se ve muy mermado por los modelos de vida que aparecen en la televisión, por la violencia o por el acoso permanente de la publicidad.

Cuando tenemos un modelo social basado en el consumismo, gran parte de los valores están relacionados con el dinero, con tener o al menos parecer que tienes, con estar a la última moda... Si se tienen unos valores muy materializados, quiere decir que han caído en descrédito otros como: el esfuerzo, el respeto, la responsabilidad, la solidaridad y que se haya puesto en cuestión la autoridad de los padres y del profesorado por parte de los chicos.

A pesar de elaborar nuevas leyes de educación y de invertir más recursos, la situación parece agravarse un poco más cada día. Esto es indicativo de que hay factores, como los descritos, que no se toman en cuenta y que tienen más peso que el trabajo de los padres y del profesorado.

Quizá sea el momento de intentar cambiar, asumiendo cada uno la parte de responsabilidad que le corresponda. A las autoridades educativas les concierne elevar, de verdad, a categoría de importante la educación. Además se necesita asumir que la educación es obra de todos, incluidos los medios de comunicación y, por tanto, se precisa que todos actuemos en consecuencia.

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¿CÓMO PREPARARSE PARA CUANDO LOS HIJOS SE VAYAN DE CASA?
Pepe López / Viernes, 17 de febrero de 2006

Los padres y las madres saben que un día los hijos se irán de casa, bien para continuar sus estudios en otro lugar o, sencillamente, porque se independizan y forman otro hogar.

Sin embargo, y a pesar de saberlo, cuando ocurre, algunos padres y, sobre todo, bastantes madres, sufren lo que se denomina el síndrome del “nido vacío”. Éste afecta más a las madres, dado que para ellas, en general, los hijos forman parte de su proyecto de vida; los padres viven a los hijos de forma distinta y sienten esta separación de manera menos traumática.

Dicho síndrome suele conllevar: soledad, la búsqueda del sentido de la vida e incluso, el cuestionamiento de la relación de pareja cuando ésta se mantiene “por el bien de los hijos”.

Muchas madres organizan su vida pensando exclusivamente en los hijos, están continuamente pendientes de ellos y no cuentan con actividades para ir haciendo su propio desarrollo personal. Por eso, cuando los hijos se van de casa, pasan de considerarse imprescindibles a sentir un enorme vacío; de estar ocupadas todo el tiempo, a no saber qué hacer con su vida. Esto lo notan especialmente las madres que no trabajan fuera de casa, pero puede afectar a las demás si no reconocen que los hijos conforman una realidad distinta a la de los padres.

Para que esta crisis emocional afecte lo menos posible, conviene aceptar la situación y prepararse para ella.

Aunque en bastantes casos es complicado, va bien reservarse un poco de tiempo cada día para resolver determinadas necesidades, bien de manera individual o en pareja: amistades, aficiones, viajes..., o sea, asuntos que ni las madres ni los padres pueden satisfacer con los hijos. Además conviene cuidar de la pareja mientras los hijos están en casa, pues a veces se prioriza de manera permanente a los hijos, olvidándose de que cada miembro de la pareja requiere también una serie de atenciones del otro. Si éstas no llegan, seguramente la vivencia será de pérdida y de distanciamiento entre ellos.

Los padres y, sobre todo las madres, deben pensar también en ellas mismas y no plantearse su vida sólo a través de los hijos, pues éstos son importantes, pero las madres también. Necesitan aprender a cuidarse, tanto en los aspectos físicos como en los emocionales, de lo contrario, es probable que el día de la partida de los hijos, sientan frustración y merma en su autoestima al comprobar que ya no los necesitan.

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¿POR QUÉ HAY NIÑOS QUE PRESENTAN PROBLEMAS CON LA COMIDA?
Pepe López / Miércoles, 1ro de febrero de 2006

Un número considerable de padres y de madres manifiesta que las comidas de sus hijos se convierten cada día en una fuente de problemas. Éstos son de índole variada: no quieren comer, la piden triturada, sólo desean pasta, hay que dársela...Sin embargo, se trata de niños sanos que pueden comer solos y de todo, y que lo hacen con normalidad en el colegio o en otros sitios dónde los padres no están presentes.

Cualquier ser vivo tiene un instinto de conservación que le lleva a alimentarse para seguir viviendo. Por tanto, si un niño dice que no quiere comer o “juega” con la comida, es porque tiene algún beneficio manteniendo esa conducta.

Los niños tienen otras necesidades además de las físicas, entre ellas destacan las psicológicas. Éstas requieren de otro tipo de nutrientes: amor, protección, sentirse tenidos en cuenta...Atender las necesidades psicológicas es fundamental, dado que si no es así, los niños están dispuestos a hacer cualquier cosa para recibir atención o para comprobar en qué medida son queridos por sus padres.

Para los padres, al venir de una tradición en la que se pasó hambre, es muy importante la comida. En cuanto los niños lo descubren pueden utilizarla para conseguir la atención que necesitan.

Los padres precisan conocer estos “juegos psicológicos” porque, de lo contrario, es muy fácil que, llevados por el amor y por el interés de cuidar a los hijos, sean víctimas de sus inocentes estratagemas.

Para cambiar esa conducta, los padres deben plantear algo distinto a lo que venían haciendo. Por ejemplo: dándoles a los niños un tiempo para comer y advirtiéndoles que pasado el mismo, se retirará el plato. Esto se hará con cariño y con la mayor naturalidad, sin mostrarse preocupados ni angustiados aunque el hijo pierda una comida. De esta manera el niño se dará cuenta de que sus padres no están dispuestos a seguir con las formas anteriores. Seguramente habrá que repetirlo varias veces, hasta que comprueben que va en serio y comprendan que, a partir de ahora, será el hambre lo que les lleve a comer y no la atención que estaban recibiendo por poner reparos a la comida.

Dado que los niños necesitan sentirse queridos, los padres buscarán otros momentos para darles atención de calidad de manera directa y sin “juegos psicológicos”. Para ello va bien: dedicarles un tiempo cada día, jugar con ellos, abrazarles, besarles, decirles valoraciones positivas, reconocerles los logros...

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¿QUÉ INCONVENIENTES PRESENTA LA TV PARA LOS CHICOS?
Pepe López / Sábado, 21 de enero de 2006

En el año 1992 el M.R.P. Aula Libre llevó a cabo una investigación, en el ámbito de Aragón, para conocer las dificultades que vivían los padres y las madres en la relación cotidiana con sus hijos.

Se encuestó a quinientos cincuenta padres y madres, de los cuales un 26% manifestó, como problema, que sus hijos e hijas veían mucho la TV. Diez años después se volvió a hacer un trabajo similar y se comprobó que el porcentaje había descendido hasta el 5%.

Este dato podría indicar que los chicos habían dado la espalda a la televisión. Sin embargo, parece que ha ocurrido lo contrario, dado que muchos la ven unas veinticinco horas a la semana (y en vacaciones más), lo cual supone que están más tiempo frente a la pantalla que en la escuela, con todo lo que eso conlleva.

Probablemente la razón de dicho descenso esté en que, en la mayoría de las familias, ver mucho la TV se ha convertido en tan habitual que ya no se vive como problema.

No obstante, el problema existe. Los efectos perjudiciales no se notan de inmediato, pero sí se hacen evidentes a medida que los chicos van creciendo.

La TV se nos presenta atractiva, no pide nada, es gratuita, entretenida, fácil..., ingredientes que invitan a que esté enchufada muchas horas al día. Éste es precisamente el objetivo de todas las cadenas: captar al mayor número de teleespectadores para que así aumenten los anunciantes. Éstos, con estrategias muy estudiadas, a las cuales los chicos son más susceptibles, intentan persuadirnos para comprar sus productos, con lo cual se abren las puertas al consumismo.

En la TV predomina la imagen en detrimento del lenguaje oral y escrito. La imagen conecta con las emociones, con lo inmediato. Para mantener la atención cada día asistimos a un ritmo más frenético de estímulos visuales y sonoros. Todo esto tiene como consecuencia que se tienda a rechazar lo que requiera análisis, razonamiento o abstracción porque supone esfuerzo o es aburrido. Esto se constata en muchos estudiantes a la hora de estudiar, hablar, escribir o leer.

También, ver mucho la TV, puede tener repercusiones sobre la salud: menos ejercicio físico, obesidad, problemas de sueño, pesadillas...

Por último, conviene analizar los valores que se transmiten en muchos programas: violencia, competitividad, consumismo, insensibilidad a los sentimientos o al dolor de los otros..., los cuales, lógicamente, no concuerdan con los que se trabajan en la escuela y en la familia.

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¿CÓMO ESTABLECER LOS LÍMITES MEDIANTE PACTOS?
Pepe López / Miércoles, 11 de enero de 2006

Los niños necesitan límites porque les ayudan a tener seguridad y a desarrollar diferentes capacidades y valores.

La forma que he encontrado más útil para establecer los límites es por medio de pactos. Éstos nos hablan de consideración hacia los hijos e hijas, de participación en las decisiones; fomentan la independencia, la responsabilidad, la autoestima y estimulan a los chicos a poner su energía en resolver los problemas. Además, con los pactos se evitan, en gran medida, los recordatorios continuos y los enfados de los padres para que los hijos hagan sus trabajos.

Cuando se vaya a hacer un pacto la actitud de los padres será de confianza y de esperar lo mejor de los hijos. Es muy importante que las personas que intervengan estén tranquilas, por tanto, no será acertado plantear un pacto inmediatamente después de que haya habido un incidente y los hijos o los padres estén alterados.

A los padres les corresponde saber dónde está el límite de lo que se va a pactar. Por ejemplo, si el criterio es que el hijo puede ver una hora de televisión al día, el hijo podrá elegir los programas, dentro de los que se consideren adecuados, pero no entrará en la negociación aumentar el tiempo de TV.

Los padres necesitan informar a su hijo de la existencia del problema que intentan resolver, pues si no es consciente del mismo no colaborará en su solución. A veces los padres dan por hecho que su hijo ve el problema de la misma manera que ellos y esto puede inducir a errores, por tanto conviene preguntar para saber. Por ejemplo: Hijo, veo que tu habitación no está recogida, ¿cómo la ves tú? En caso de que diga que está bien así, le daremos más información hasta que perciba que necesita tener ordenadas sus cosas.

Una vez que asuma la existencia del problema, se regulará, de la forma más precisa posible, cómo y cuándo lo solucionará y la frecuencia; además se establecerán una o varias formas de pago por si hay incumplimiento. Da buenos resultados que éstas sean sugeridas por el hijo.

Conviene hacer hincapié en que las formas de pago no son un castigo, sino algo acordado entre los padres y el hijo y orientado a que éste aprenda a resolver algunos problemas.

Va bien que el pacto se ponga por escrito y se firme, esto evita posteriores malentendidos.

Cumplir lo acordado resulta fundamental para el éxito del pacto, para lo cual se requiere: firmeza (distinto de severidad), cariño y distinguir al hijo en sí, de su conducta.

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¿LE REGALAMOS UN TELÉFONO MÓVIL AL NIÑO?
Pepe López / Jueves, 15 de diciembre de 2005

El móvil no es un juguete y entraña una serie de riesgos, especialmente para los niños pues supone, entre otras cosas: un gasto más, tiende a crear adicción, genera problemas de concentración en el estudio y, además, nos advierten que puede ser peligroso para la salud.

Aunque no hay unanimidad entre los científicos sobre la inocuidad o no de los teléfonos móviles, existen investigaciones que desaconsejan el uso continuado de los mismos a los menores de dieciséis años, dado que son más vulnerables a las radiaciones. Entre ellas están el Informe Steward que encargó el Departamento de Salud del Gobierno Británico y otro que se realizó para el Parlamento Europeo.

Algunos expertos van un poco más allá, como el Dr. John Holt, cirujano y radioterapeuta, que afirma: “Existen evidencias de la relación entre la evolución de ciertos cánceres de cabeza y el teléfono móvil”. Otros hablan de que daña el material genético, como el Dr. George Carlo; o Fidel Franco, doctor en Física, afirma que el móvil afecta a la circulación sanguínea cerebral y al sistema nervioso.

Aunque hay estudios, como el Steward, que recomiendan que “la industria debe abstenerse de promocionar el uso del teléfono móvil entre los niños”, parece que los gobiernos de los distintos países se han plegado a los intereses de las empresas de telefonía móvil. Éstas, una vez que han conseguido que la mayoría de los adolescentes tengan móvil, se han lanzado a la conquista de la franja de edad comprendida entre los cuatro y los doce años.

Las empresas “venden” a los padres las ventajas del teléfono móvil: contacto permanente con los hijos; llamadas controladas; aumenta la autoestima de los niños y, por supuesto, son inocuos. Todo esto, unido a la presión que hacen los chicos, dado que el móvil está de moda, son elementos suficientes para que bastantes padres claudiquen.

¿No ocurrirá con los teléfonos móviles los mismo que sucede ahora con el tabaco? Hasta hace unos años fumar estaba bien visto, sin embargo, los responsables sanitarios han comprobado que el tabaco repercute negativamente sobre la salud y se han tomado medidas orientadas a disminuir su consumo.

Hay indicios suficientes sobre el riesgo de los teléfonos móviles para los niños. Esto debería ser motivo suficiente para que las autoridades intervinieran e informaran de los posibles peligros. A los padres les corresponde limitar al máximo, tanto la compra, como el uso del móvil de los hijos.

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¿QUÉ PODEMOS PERMITIR A LOS HIJOS?
Pepe López / Jueves, 24 de noviembre de 2005

Si queremos ayudar y entender a los hijos y a las hijas no podemos quedarnos en lo que vemos y oímos, o sea, en la conducta. Es como si definiéramos una nuez, solamente, como un fruto seco que tiene una cáscara dura. Se requiere romper la cáscara y ver qué se esconde tras ella.

Las conductas inadecuadas nos indican que algo en el campo psicológico no va bien, por tanto, vamos a profundizar para descubrir su interior. Allí veremos cuestiones sin resolver: miedo, culpa, no sentirse querido, ansiedad, etc.

Los padres, las madres y los educadores en general tenemos la responsabilidad de cuidar a los chicos, de atender sus necesidades, de acompañarles y de orientarles hasta que sean capaces de volar solos, permitiendo que hagan su propio proceso e interfiriéndoles lo menos posible.

Permitir quiere decir dar opciones, abrir nuevas posibilidades, ir un poco más allá de lo establecido. Esto es compatible con poner los límites oportunos y éstos, incluso vivirlos como una ayuda, pues cuando se dice “No” a algo, se busca en otra dirección y se descubren nuevos horizontes.

Relaciono algunos permisos que entiendo de utilidad:

Los niños y las niñas necesitan el permiso explícito de los padres para sentirse valiosos, para quererse, para valorarse con las actividades que hacen... Si les hacemos valoraciones negativas pueden llegar a incorporar que no son dignos de ser queridos ni de que les quieran los demás.

Necesitan permiso para pensar. Si les decimos continuamente lo que tienen que hacer no les damos la opción de resolver sus cuestiones. Esto les crea inutilidad y dependencia.

Necesitan permiso para vivir el presente. Si oyen mucho frases como: “Cuando seas mayor...”, “Piensa en el día de mañana...”, les estamos llevando emocionalmente al futuro con lo que no viven ni disfrutan cada momento.

También necesitan permiso: para expresar los sentimientos, para cometer errores, para compartir, a la propia singularidad...

En relación con los permisos podemos darnos cuenta de que sólo les permitimos aquello que los padres podemos permitirnos. Por lo tanto, muchas veces el límite no se establece en lo que necesitan o puede ser útil para los hijos, sino en aquello para lo que tenemos permiso interno, aunque no sea lo mejor.

Si se les quiere presentar otras opciones a los hijos, no les queda más remedio a los padres que revisar sus permisos y creencias, y tratar de modificar aquellas que supongan merma o limitación, propia o para los hijos.

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¿ES ADECUADO QUE LOS NIÑOS TENGAN TELÉFONO MÓVIL?
Pepe López / Domingo, 13 de noviembre de 2005

Los padres y las madres alegan a favor del móvil que pueden tener localizados a sus hijos y, también, porque no quieren que su hijo se sienta discriminado por ser el único que no tenga de su grupo.

Sin embargo, los móviles presentan una serie de inconvenientes para los niños que no compensan los beneficios atribuidos.

Según un estudio elaborado para el Defensor del Menor de Madrid, al gasto continuo que supone el móvil, hay que añadir que un porcentaje significativo de chicos y chicas (de 11 a 17 años) presenta problemas de concentración en el centro escolar, a veces ansiedad y empobrecimiento del lenguaje; además los niños adoptan conductas de adultos y no viven su niñez de forma plena.

A esto se hace preciso agregar un tema importante, aunque se hable poco de él: el uso del móvil y la salud. Existe mayor riesgo para la salud de los niños pues, al no haber completado su desarrollo físico, las radiaciones les afectan más. Así lo entendió el Consejo Nacional de Protección Radiológica del Reino Unido que informó del peligro que tenía para la salud, sobre todo para “el tejido craneal”, el estar mucho tiempo con el móvil. Este informe fue determinante para que, a principios de 2005, se retirara del mercado de Gran Bretaña y de Holanda un teléfono móvil diseñando para niños de cuatro a ocho años.

La publicidad se ha encargado de cautivar a los chicos para que éstos consideren que tener móvil es lo más natural del mundo. A esto sumaremos que algunos padres valoran mucho el móvil y están muy pendientes de él, lo cual incita a los hijos a tener uno cuanto antes. Además bastantes padres se han subido a la moda de regalar a sus hijos un móvil para el cumpleaños, en la comunión o en las Navidades, sin analizar sus repercusiones.

Los niños y las niñas no necesitan móviles, dado que la mayor parte del tiempo están con los padres o en el colegio, desde donde se puede comunicar a la familia cualquier incidencia.

Los padres requieren establecer límites orientados a un uso racional del móvil: edad de uso (mínima dieciséis años); utilizarlo sólo cuando se necesite, entre semana se debe dejar en casa; que se haga cargo el chico de los gastos dentro de su paga...

Por último, recordar la importancia de compartir con los hijos tiempos de calidad, creando un clima de confianza para no sentir la necesidad de controlarles, pues aunque lleven el móvil, pueden mentir o estar “apagado o fuera de cobertura”.

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¿CUÁL DEBE SER EL PAPEL DE LOS PADRES CON LOS “DEBERES ESCOLARES”?
Pepe López / Miércoles, 26 de octubre de 2005

Para algunos padres y madres resulta un suplicio conseguir que sus hijos hagan todos los días los “deberes” que les mandan los profesores.

Las razones de por qué les cuesta tanto son variadas: el cansancio al participar en muchas actividades extraescolares, no tener establecido un tiempo fijo o un lugar apropiado; también hay bastantes chicos que utilizan los “deberes” para tener pendientes a sus padres y así recibir su atención.

Los padres necesitan tener claro que los “deberes” son unas actividades que los profesores ponen a sus alumnos, no a sus padres. Por lo tanto, la responsabilidad de realizarlas corresponde a los chicos. Si estos deciden no hacerlas deberán responder ante el profesor que se las puso.

El papel de los padres consiste en garantizar las condiciones adecuadas para que su hijo pueda trabajar sin interferencias y pactar el tiempo necesario (con cierta flexibilidad) para hacer las tareas. Transcurrido dicho tiempo, los padres ya no permitirán que continúe haciendo los “deberes”, aunque no haya terminado. Esto conlleva una serie de ventajas: el niño no estará con las tareas varias horas cuando puede hacerlas en una y los padres evitarán ese proceso cotidiano de repetir una y otra vez: “Haz los deberes”; también se reducirán las broncas y los enfados.

Los padres pueden dar a los hijos alguna ayuda puntual, pero en ningún caso hacerles las tareas, ni caer en la trampa cuando dicen de manera continua: “No lo entiendo”, para que les digan las respuestas o intentar que los padres se “responsabilicen” de sus “deberes”.

Los niños necesitan atención y sentirse queridos por sus padres, por tanto éstos tienen que asegurarse de que su amor les llega. Si no es así, los niños buscarán la forma de que sus padres estén pendientes de ellos, para lo cual pueden recurrir a cuestiones como negarse a comer o a hacer las tareas del colegio.

Algunos padres temen que los profesores piensen que no se preocupan de sus hijos si consienten que vayan a clase con los “deberes” sin hacer. Sin embargo, ayudan más a los hijos si permiten que asuman sus responsabilidades y las consecuencias que se desprendan de ellas.

Va bien que los padres hablen de manera continua con los profesores, máxime cuando se presente alguna dificultad, como las de los “deberes”. En este caso plantearán el problema al profesor-tutor y conjuntamente diseñarán una actuación orientada a resolverlo.

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